Ojalá existieran las Ciencias Políticas

Javier Bonilla Castañeda*

19 de Noviembre de 2004

Alguna vez un amigo me decía que él no entendía cómo es que existía la carrera de ciencias políticas; que todo lo que sabían las personas a quienes él conocía con una licenciatura en ciencias políticas no sabían nada más de lo que habría aprendido de manera natural un, supongamos, Phd. en Economía.

Y, en efecto, más allá de en qué villa nació Montesquieu y cuántas veces se casó Voltaire, lo esencial de las ciencias políticas lo sabemos casi todos. Que si el estado es población, territorio y gobierno; que la división de poderes; que el federalismo, no son temas ajenos a nadie.

Y qué pena en realidad que este sea el estado de las ciencias políticas porque sin duda pocas cosas serían tan útiles como un examen riguroso de qué le espera a un país como México en el que, con todas sus características y vicisitudes, el cambio democrático no generó los resultados esperados, no se diga por la población, sino por la propia conciencia más íntima y sincera de quienes llegaron al poder.

Para muchos de nosotros el cambio democrático fue, en su momento, como un fuertísimo grito de "buy!"; la señal de que un nuevo país, lleno de oportunidades y nuevos espacios, tomaría la senda de un crecimiento sostenido logrando al mismo tiempo una mejor distribución de la riqueza.

Hoy, casi caído el telón de ese acto que motivó tan extraordinarias expectativas, las cosas siguen casi exactamente igual. Vaya, nadie diría sinceramente que si hubiera ganado el PRI las cosas estarían mucho peor. ¿Qué pasó? Y, mas importante, ¿Qué va a pasar en, digamos, las próximas tres décadas? Ahí es donde las ciencias políticas deberían estar llenando el enorme vacío que nos deja sin respuesta.

A todas luces algunos cosas cambiaron para peor y esto puede reconocerse incluso sin achacar demasiada culpa a la Administración del presidente Fox. Son producto más bien de esas variables que las ciencias políticas deberían analizar.

La máxima de la que habría que partir dice: México no crece porque no crecer es una condición para mantener la actual distribución del ingreso. Importantes grupos, empezando por el gobierno, obtienen rentas mayores a su productividad y eso le resta competitividad, lo mismo que ingreso, al resto de la sociedad.

El cambio democrático más que fortalecer a la sociedad (supongamos representada por el Poder Ejecutivo), le restó fuerza. ¿Por qué? Porque antes no había que quedar bien (o no en tal grado) con ningún grupo para llegar al poder; bastaba con convencer a un hombre. Hoy en cambio, cualquiera que revele en su discurso de campaña que terminará con tal o cual
dispendio está cavando su tumba política. Hoy ya ni siquiera podemos reducir los gigantescamente dispendiosos gastos en publicidad que la democracia ha traído consigo, no sólo por parte de los partidos sino de absolutamente todo el que tenga presupuesto público.

Hemos condenado a cualquier aspirante a la Presidencia al discurso más estéril e inocuo que pueda encontrarse en el planeta tierra. A decir puros lugares comunes y cosas evidentes como que hay que estar sanos pues es mejor que estar enfermos, pues de otro modo se echa encima al "nuevo sistema" (que ya no es el gobierno).

¿No debería este solo hecho ser motivo del más profundo análisis por parte de las ciencias políticas? No es un supuesto básico de las ciencias políticas que una auténtica competencia de partidos fortalece a la sociedad civil?

Examinar estos temas desde una perspectiva incluso meramente académica es lo único que podría conducirnos a encontrar atajos hacia el anhelado destino. Necesitamos discutir qué cables es preciso cortar, cuando y cómo y cuáles otros hay que conectar, o juntar con cinta de aislar al menos, para que la democracia se traduzca verdaderamente en un mayor poder ciudadano.

Pero los científicos políticos brillan por su ausencia. Ante un fenómeno que podría compararse con la indiferencia de Newton a que una manzana cayera para arriba, no hemos podido plantearnos seriamente: ¿En dónde estamos; cómo llegamos a este punto; por qué ha resultado tan extraordinariamente inoperante: y, por último y más importante, cuál es la mejor ruta para salir de aquí?

*Es economista del ITAM y MBA de UCLA.