¿Fabricantes de miseria?
Javier Bonilla Castañeda

26 de Octubre de 1998

Me ha resultado de lo más interesante leer el libro “¿Fabricantes de miseria?” escrito por Apuleyo, Montaner y Vargas Llosa. Es sin duda un formidable complemento al “Manual del perfecto idiota latinoamericano” que muchos de nosotros disfrutamos tanto.

El libro intenta desnudar lo mismo la estupidez que el conflicto de intereses que padecen al escoger su perfil ideológico los políticos, curas, militares, intelectuales, sindicalistas y empresarios y universitarios latinoamericanos. En mi opinión consigue este propósito en forma no sólo eficaz sino entretenida. Al abordar a distintos actores de la realidad latinoamericana, el libro presenta una variedad mayor que el “Manual del perfecto idiota latinoamericano” en el que uno se topa con una idea ,más recurrente en todos los capítulos.

Al inicio concentra su atención en los políticos, a los que califica de “vendedores de ilusiones”. Si bien hace referencia a la corrupción en general, a la pequeña mordida del empleado público de menor rango por conceder una autorización o perdonar por infracción, atina con agudeza a describir el tipo de corrupción que más lastima el desarrollo de los paises latinoamericanos: la corrupción representada por el político “que cede ante peticiones abusivas de ciertos sectores del electorado para ganarse sus favores a costa de arruinar el país”.

Quienes conocemos de primera mano este problema, sabemos que sus brazos instrumentales han sido históricamente la regulación y el gasto público y que a estos se ha sumado un tercero que deriva de las ideas reformistas cediendo ante el pragmatismo más mundano y estriba en la privatización de las empresas del Estado que cuando no reciben del gobierno una protección totalmente desbordada, quiebran y son recompradas por el Estado mismo sin perjuicio alguno para el inversionista. Cúan acostumbrados estamos ya a esta macabra obra que ha sido inmortalizada en el familiar escenario de la privatización de las utilidades y colectivización de las pérdidas.

La regulación, por ejemplo, se utiliza fundamentalmente para levantar barreras de entrada a los mercados que garanticen cierta exclusividad a quienes ya desarrollan su actividad productiva en ellos. Estas barreras encuentran su ropaje más común en tres cosas: la protección de los que menos tienen y la protección de la soberanía y el interés nacional.

Van y vienen así argumentos a favor de lograr estas tres cosas, mismas que podñian ser alcanzadas de mucha maneras alternativassin lesionar los intereses del consumidor. Nos obstante, la etapa de discusión de estas posibles alternativas nunca llega, porque al que tenga la osadía de sugerir que las cosas pueden hacerse de manera distinta le llueven calificativos como “irresponsable”, “tecnócrata” y “vendepatrias”, que le impiden hablar y cumplen el objetivo de hacer que la discusión allí termine.

La protección de los pobres como instrumento para el beneficio personal no encuentra mejor exponente que el que alega que si le quitan el puesto para alfombrar su oficina se viene abajo la política social. Este personaje hace y hará oídos sordos a la reflexión de que distribuyendo una sexta parte del gasto social en efectivo entre la población pobre, ésta dejaría de serlo de la noche a la mañana. Igual ocurre con quien asegura que para defendernos de los “perversos motivos del vecino del norte” están él y la protección comercial. Afortunadamente cada día tienen menos impacto quienes de envuelven en la bandera nacional y se avientan de una silla defendiendo estas falacias.

El libro atina descubrir cuán difícil resulta romper el círculo vicioso y explica lo poco probable que resultaría a un político moderno hablar claro y con la verdad en lugar de prometer colocaciones en gigantesca bolsa de empleo en que se ha convertido buena parte del estado. Este político, como bien explica, difícilmente lograría resultar triunfador ante el electorado latinoamericano, lo que nos recuerda quel chiste que dice: “¡queremos promesas, no realidades!”.

La falta de contrapesos, tradicional en nuestras sociedades, se ve perfectamente reflejada en el capítulo del libro que habla del caudillismo. De Santa Anna a Perón y más, esta sección es un fabuloso recuento de nuestra incapacidad natural para generar equilibrios y que deriva fundamentalmente del tipo de conquista inclusiva con que tan bien explica Octavio Paz nuestro devenir y nuestro presente.

El capítulo del libro que explica la participación de los militares en el gobierno, logra describir la interesante transición que ha ocurrido en diversos países, a través de la cual los régimenes militares se van profesionalizando y desmilitarizando de manera gradual. Es quizás esto loque ha permitido gradualmente la superación del mercantilismo que los caracteriza en sus orígenes y de lo cual Chile es quizás el mejor ejemplo. El costo de estos regímenes para las naciones latinoamericanas queda, no obstante claramente explicado.

Un poco más adelante el libro describe a los guerrilleros, y a mi gusto los deja al desnudo en medio de toda su confusión ideológica. Desnuda queda también en muchas ocasiones, y el libro presenta algunos ejemplos, su verdadera ambición. El relato de la muerte de Camilo Torres, que el libro narra, es un estupendo ejemplo de que detrás de ese fervor por ayudar a los que menos tienen no hay otra cosa, muchas veces, que una insaciable vanidad y un inagotable afán de trascendencia que no puede sino ser producto de un severo problema subconsciente de autoestima.

He ahí el punto de contraste quizás entre los guerrilleros de la nueva era con los del pasado. Tal contraste no aparece, sin embargo, al comparar su retórica y la falta de sustento que padece su ideología. Dedicados a inventar enemigos que simplemente ya no están ahí, como el imperialismo y las clases opresoras, transitan por el mundo como relojes de cuerda, como lo prueba la explicación que el libro presenta respecto a los efectos de la guerrilla en Colombia.

La sección en que el libro se refiere a la iglesia es no sólo una de las más interesantes sino que además demuestra el profundo conocimiento histórico que distingue a los autores. Con claridad señalan: sucede que el mecanismo por el que la iglesia arriba a conclusiones no está basado enla observación de la realidad sino en las palabras de las autoridades” y nos recuerdan los peligros de esta actitud dogmática al citar el texto del Edicto de Tesalónica en donde entre otras cosas dice que aquellos que no se acojan a la religión católica “son unos dementes y unos malvados, y mandamos que soporten la infamia de su herejía y que sean alcanzados por la venganza divina, primero,y luego también por nuestra acción vindicativa, que hemos emprendido por determinación del cielo”.

Esta sección presenta una descripción detallada de la evolución de la actitud histórica de la iglesia respecto a cuestiones tales como la propiedad privada y el enriquecimiento, que no permite al lector levantar la mirada del papel. Van desde San Agustín hasta la doctrina social de la Iglesia fundamentada en la encíclica Rerum Novarum y refrendada en la nueva encíclica Quadragésimo Anno, que interesantemente señala “nadie puede ser a la vez un buen católico y un verdadero socialista”. Así explican los autores la larga tradición de apoyo por parte de la Iglesia de la competencia y la economía de mercado. Sólo en las últimas décadas ha roto la Iglesia, según explican, con esta tradición. Ello se debe a la inflluencia primero de Keynes y luego de la ideología defensora del “tercer mundo” abanderada principalmente por el CEPAL y que se encuentra firmemente enraizada en la idea de que las desdichas de los pobres son causadas por la dicha de los ricos. Es así como la Iglesia fue trastocando su tesis milenaria hasta acabar, en América Latina, en la melabre ideológica que hace posible que gente como el Obispo Samuel Ruiz se atreva a abrir la boca. La sección arropa ingeniosamente argumentos que conducen a una conclusión principal: en la doctrina de la Iglesia en América Latina, “hay una permanente censura moral contra el capitalismo que le hace un flaco servicio a los menesterosos del tercer mundo”.

La tésis del siguiente capítulo se perfila de manera clara en una de sus frases introductorias que dice “todas las teorías que han querido explicar la pobreza a partir de conspiraciones internacionales y nacionales, y escudarse en la lucha de clases para justificar el odio al éxito y le empresa libre, han tenido su origen en un intelectual”. El capítulo es un notable recuento de la incursión gradual y creciente de los intelectuales en el ámbito de la acción y no sólo del pensamiento; de su relación con el Estado que al tiempo que los subsidia los coopta. Es un capítulo fascinante que sin duda disfrutarán enormemente las personas con inclinación literaria que encontrarán de sus páginas deliciosas referencias a los intelectuales de nuestro tiempo.

El capítulo referente a los líderes sindicales no podía ser más claro en la descripción de los excesos y privilegios que este sector ha conquistado para sí en los diversos países latinoamericanos, a costa de lesionar seriamente la competitividad de la economías de nuestro países. Hace unos cuatro años, tuve oportunidad de desarrollar el trabajo de prospectiva de mercado laboral de la presente administación en México durante la campaña presidencial. Ahí conocí cosas como la “claúsula de exclusión”, que el libro describe, y que da poder a los sindicatos de exigir a las empresas el despido de cualquier trabajador rechazado por el sindicato. Este y otros abusos, explican, permite apreciar los devastadores efectos de leyes laborales hechas a la medida de la corrupción, el coporativismo, el favoritismo y la violación más flagrante de los derechos humanos mínimos de los trabajadores latinoamericanos.

El capítulo del libro referente a los empresarios fabricantes de miseria explica cómo no pocos de los empresarios latinoamericanos viven del cobijo del Estado promoviendo para sí las prácticas “mercantilistas”, como el libro las describe, que tanto daño hacen a nuestras economías. Hacia el final del libro se toca el caso de las universidades, que son toda una tragedia en nuestros países latinoamericanos. Esta dualidad desconcertante entre la subvención y la autonomía, entre el subsidio y la escasa responsablilidad de rendir cuentas que enfrentan, ha hecho de ellas auténticos templos del desperdicio.

Por último el libro concluye con un estupendo balance de cuentas en la que arroja una conclusión parecida a la que se deriva del “Manual del perfecto idiota latinoamericano”. Para quien no comparta todavía la ideología del libre mercado le resultaría un importante elemento de reflexión y, si procede con honestidad intelectual, una prueba difícil de superar.

En resumen el libro nos plantea una rica fotografía de la realidad de nuestros países latinoamericanos y sus sistemas económicos. El conocimiento de su realidad contemporánea se complementa de manera estupenda con los relatos históricos que son de una pertinencia y una agudeza dignas de destacar. Al igual que el libro anterior de este estupendo trío de intelectuales, al final de la lectura le costará trabajo decidir si reír, llorar o ponerse a rezar.


Javier Bonilla Castañeda es Socio Director de Quántica Consultores, radsol@prodigy.net.mx